jueves, 4 de julio de 2013

LA CONQUISTA DE LA FELICIDAD - - BERTRAND RUSSELL

PRÓLOGO

Una lección de sentido común

No sé —nadie puede saber, creo yo— si en el siglo xx la gente
ha sido más feliz o menos que en otras épocas. No hay
estadísticas fiables de la dicha (v. gr.: ¿nos hace más felices la
televisión o el fax?) y aunque los mucho mejor acreditados
índices del infortunio —guerras con armas de exterminio
masivo contra la población civil, matanzas raciales, campos de
concentración, totalitarismo policial, etc.— resultan
francamente adversos, no me atrevería a sacar una conclusión
de alcance general. Se dice que el siglo ha sido cruel, pero
repasando la historia no encontramos ninguno decididamente
tierno. Parafraseando a Tolstói (quien a su vez quizá se inspiró
en una observación de Hegel) deberíamos atrevernos a afirmar
que los siglos felices no pertenecen a la historia pero que cada
una de las centurias desdichadas que conocemos ha tenido su
propia forma de infelicidad...
Lo que sí podemos asegurar es que los grandes pensadores
de los últimos cien años no han destacado precisamente por
su visión optimista de la vida. Tanto el nazi Heidegger como el
gauchiste Sartre compartían un ideario existencial marcado
por la angustia, cuando no por el agobio: el hombre es un serpara-
la-muerte, una pasión inútil. La noción de felicidad les
parecía —a ellos y a tantos otros— un término trivial,
tramposo, inasible. Querer ser feliz es uno de tantos
espejismos propios de la sociedad de consumo, un tópico
ingenuo de canción ligera, el rasgo complaciente que degrada
el final de muchas películas americanas, en una palabra: una
auténtica horterada. Y solo hay algo más hortera o más vacuo
que querer llegar a ser feliz: dar consejos sobre cómo
conseguirlo. Cuanto más desengañado de la felicidad se
encuentre un filósofo contemporáneo, más podrá presumir de
perspicacia: la energía que ponga en desanimar a los ingenuos
cuando acudan a él pidiendo indicaciones sobre cómo
disfrutar de la vida servirá para establecer ante los doctos su
calibre intelectual. Y sin embargo ¿acaso no es la pregunta
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acerca de cómo vivir mejor la primera y última de la filosofía,
la única que en su inexactitud y en su ilusión nunca podrá
reducirse a una teoría estrictamente científica?
El modernísimo Nietzsche aseguró en su Genealogía de la
moral que lo de querer a toda costa ser felices es dolencia que
solo aqueja a unos cuantos pensadores ingleses. Se refería
probablemente, entre otros, a John Stuart Mill, quien fue
precisamente el padrino de Bertrand Russell. Y hace falta sin
duda ser heredero de todo el sabio candor y el desenfado
pragmático anglosajón para escribir tranquilamente como
Russell sobre la conquista de la felicidad, esa plaza que según
algunos no merece la pena intentar asaltar y según los más ni
siquiera existe. Claro que esta empresa tan ambiciosa debe
comenzar paradójicamente por un acto de humildad y es más,
por un acto de humildad que contradice frente a frente una de
las actitudes espirituales más comunes en nuestra época, la
de considerar la desventura interesante en grado sumo. Como
dice Russell, «las personas que son desdichadas, como las que
duermen mal, siempre se enorgullecen de ello». Este es el
primer obstáculo a vencer si uno pretende intentar ser feliz,
dejar de intentar a toda costa ser «interesante».
Por supuesto, Russell no ignora que muchas de las causas
que pueden acarrear nuestra desdicha escapan a nuestro
control individual: guerras, enfermedades, accidentes,
situaciones inicuas de explotación económica, tiranías... En
otros de sus libros se ocupó de las que son menos azarosas y
de los caminos a veces revolucionarios que han de seguir las
sociedades para librarse de tales amenazas. La principal de
sus propuestas pacifistas, constituir una especie de Estado
Mundial que impidiese las guerras entre naciones y procurase
el bien común de la humanidad, sigue siendo la gran
asignatura pendiente de la política en los albores del siglo
XXI. Pero en este libro se dirige a un público diferente.
Supone un lector con razonable buena salud, con un trabajo
no esclavizador que le permite ganarse la vida sin atroces
agobios, que vive en un país donde está vigente un régimen
político democrático y a quien no afecta personalmente
ningún accidente fatal. Es decir, aquí Russell escribe para
privilegiados que no luchan por su mera supervivencia, que
disfrutan de una existencia soportable pero que quisieran que
fuese realmente satisfactoria... o para aquellos, aún más
frecuentes, empeñados en hacerse insoportable a sí mismos
una vida que objetivamente no tendría por qué serlo.
Como la obra fue escrita en el período de entreguerras, a
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comienzos de los años treinta (la época en que Bertrand
Russell gozaba de su máxima influencia como pensador social
pero todavía sulfurosa y teñida de escándalo pues aún no se
había convertido en el venerado patriarca del inconformismo
que luego llegó a ser), los «hombres modernos» a los que se
dirige somos y no somos ya nosotros. En ciertos aspectos ese
mundo es como el nuestro y hasta encontramos perspicaces
profecías, por ejemplo, referidas a la natalidad en Occidente:
«Dentro de pocos años, las naciones occidentales en conjunto
verán disminuir sus poblaciones, a menos que las repongan
con inmigrantes de zonas menos civilizadas». Pero ni siquiera
alguien tan clarividente como Russell, preocupado como
estaba por la condición de la mujer, es capaz de calibrar del
todo el vuelco familiar y laboral que habría de suponer la
emancipación femenina ya en curso; ni tampoco puede medir
el papel que los audiovisuales comercializados debían llegar a
desempeñar pocos años después, lo cual le permite
afirmaciones que a un español de hoy le resultan
dolorosamente anticuadas: «El que disfruta con la lectura es
aún más superior que el que no, porque hay más
oportunidades de leer que de ver fútbol». En algunos pasajes
me parece que es pudorosamente autobiográfico, como
cuando en el capítulo «Cariño» retrata al niño carente de
calidez paternal (él se quedó huérfano de padre y madre muy
pronto, siendo criado por su rigorista abuela) que busca
crearse intelectualmente un mundo seguro de certezas
filosóficas que le ampare ante la vorágine inmisericorde de la
realidad...
Aunque Russell es un crítico exigente de la sociedad
industrial contemporánea, en modo alguno consiente en
idealizar supuestos paraísos rurales y artesanos del ayer. A
diferencia de esos denostadores de la «trivialidad» de las
diversiones audiovisuales modernas —los cuales parecen
suponer que antes de inventarse la televisión todo el mundo
pasaba su tiempo leyendo a Shakespeare, reflexionando sobre
Platón o interpretando a Mozart— Russell subraya el enorme
tedio que debía de planear sobre las sociedades anteriores al
maquinismo y sus entretenimientos. En realidad, el
aburrimiento siempre ha sido la verdadera maldición de la
humanidad, de la que provienen la mayor parte de nuestras
fechorías. Las sociedades preindustriales agrícolas debían de
ser inmensamente tediosas (Russell insinúa, a mi juicio con
poco fundamento, que los miembros masculinos de las tribus
de cazadores lo pasaban bastante bien) pero gracias a la
superstición religiosa rentabilizaban mejor el aburrimiento. En
cambio hoy «nos aburrimos menos que nuestros antepasados,
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pero tenemos más miedo de aburrirnos». Y ese es en efecto
nuestro problema: no hay nada más desesperadamente
aburrido que el temor constante a aburrirse, la obligación de
hallar diversiones externas. Salvo un puñado de personas
creativas —sobre todo científicos, artistas y gente humanitaria
que convierte la compasión en tarea absorbente— al resto de
la humanidad no le queda más remedio que fastidiar al
prójimo, morirse de fastidio... o comprar algo. En fin,
esperemos que internet alivie un poco los peores efectos de
nuestra trágica condición.
Nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad
consiste en no ser completamente imbécil o en serlo. Como
casi todos los ilustrados occidentales (en Oriente se da mayor
diversidad de opiniones al respecto), Bertrand Russell opta
decididamente por la primera alternativa. Para ser
razonablemente feliz hay que pensar de modo adecuado, no
dejar completamente de pensar; hay que actuar correcta,
inventiva y si es posible desinteresadamente, no dejar del todo
de actuar, etc. Bueno, no le falta del todo razón:
probablemente usted y yo, lector, podamos sacar más
provecho de sus indicaciones llenas de sentido común que de
las de algún místico renunciativo inspirado por Lao Tse o
Buda (incluso si es un budismo more californiano a lo Richard
Gere). Algunas desventuras podremos evitar atendiendo sus
consejos, sin necesidad de cambiar demasiado radicalmente
nuestro modo de vida. En cuanto a conquistar la felicidad, la
felicidad propiamente dicha... sobre eso yo no me haría
demasiadas ilusiones.

FERNANDO SAVATER

jueves, 10 de enero de 2013

"¡Sólo estoy observando cuántas cosas existen que no preciso para ser Feliz!"


Aportación de Jorge Escobar.


Al viajar por Oriente, mantuve contacto con los monjes del Tíbet, en Mongolia, Japón y China.
Eran hombres serenos, solícitos, reflexivos y en paz con sus mantos de color azafrán.
El otro día, observaba el movimiento del aeropuerto de San Pablo: la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo que debían.
Seguramente, ya habían desayunado en sus casas, pero como la compañía aérea ofrecía otro café,
todos comían vorazmente.
Aquello me hizo reflexionar: "¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?"
Me encontré con Daniela, de 10 años, en el ascensor, a las 9 de la mañana, y le pregunté: "¿No fuiste a la escuela?"  Ella respondió: "No, voy por la tarde."
Comenté: "Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar, dormir hasta más tarde."
"No", respondió ella, "tengo tantas cosas por la mañana..."
"¿Qué cosas?", le pregunté.
"Clases de inglés, de baile, de pintura, de natación", y comenzó a detallar su agenda de muchachita robotizada.
Me quedé pensando: "Qué pena, que Daniela no dijo: "¡Tengo clases de meditación!"
Estamos formando súper-hombres y súper-mujeres, totalmente equipados, pero emocionalmente infantiles.
Una ciudad progresista del interior de San Pablo tenía, en 1960, seis librerías y un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y tres librerías!
No tengo nada contra el mejoramiento del cuerpo, pero me preocupa la desproporción en relación al mejoramiento del espíritu. Pienso que moriremos esbeltos: "¿Cómo estaba el difunto?". "Oh, una maravilla, no tenía nada de celulitis!"
¿Pero cómo queda la cuestión de lo subjetivo? ¿De lo espiritual? ¿Del amor?
Hoy, la palabra es "virtualidad". Todo es virtual. Encerrado en su habitación, en Brasilia, un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin ninguna preocupación por conocer a su vecino de al lado! Todo es virtual. Somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. Y somos también éticamente virtuales...
La palabra hoy es "entretenimiento"; el domingo, entonces, es el día nacional de la imbecilidad colectiva.
Imbécil el conductor, imbécil quien va y se sienta en la platea, imbécil quien pierde la tarde delante de la pantalla.
Como la publicidad no logra vender felicidad, genera la ilusión de que la felicidad es el resultado de una suma de placeres: "¡Si toma esta gaseosa, si usa estas zapatillas, si luce esta camisa, si compra este auto, usted será feliz!"
El problema es que, en general, no se llega a ¡ser feliz! Quienes ceden, desarrollan de tal forma el deseo, que terminan necesitando un analista. O de medicamentos. Quienes resisten, aumentan su neurosis.
El gran desafío es comenzar a ver cuán bueno es ser libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista. Así, se puede vivir mejor. Para una buena salud mental son indispensables tres requisitos: amistades, autoestima y ausencia de estrés.
Hay una lógica religiosa en el consumismo post-moderno.
En la Edad Media, las ciudades adquirían status construyendo una catedral; hoy, en Brasil, se construye un shopping-center.
Es curioso, la mayoría de los shopping-center tienen líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos no se puede ir de cualquier modo, es necesario vestir ropa de misa de domingo. Y allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, ni chicos de la calle, ni suciedad...
Se entra en esos claustros al son gregoriano post-moderno, aquella musiquinha de esperar dentista.
Se observan varios nichos, todas esas capillas con venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas.
Quienes pueden comprar al contado, se sienten en el reino de los cielos.
Si debe pagar con cheque post-datado, o a crédito se siente en el purgatorio.
Pero si no puede comprar, ciertamente se va a sentir en el infierno...
Felizmente, terminan todos en una eucaristía post-moderna, hermanados en una misma mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa de Mac Donald...
Acostumbro a decirles a los empleados que se me acercan en las puertas de los negocios: "Sólo estoy haciendo un paseo socrático". Delante de sus miradas espantadas, explico: "Sócrates, filósofo griego, también gustaba de descansar su cabeza recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando vendedores como ustedes lo asediaban, les respondía: ..."¡Sólo estoy observando cuántas cosas existen que no preciso para ser Feliz!"

Carlos Alberto Libânio


lunes, 31 de diciembre de 2012

El público silencioso contra la incultura


A veces me parece que vivo en un mundo esquizoide. Por un lado, muchos de los best-sellers actuales son monumentos a la peor literatura light. He intentado leer algunos ―pensando nostálgica y erradamente que podría encontrarme con algo semejante a aquellos éxitos editoriales de otras épocas como El nombre de la rosa, Bomarzo o Sinuhé el egipcio―, pero al final siempre son el tipo de libros que, tan pronto termino de leer (si es que los leo hasta el final), me dejan un espantoso vacío y una desagradable sensación de haber malgastado horas preciosas de mi vida.

Por otro lado, los medios masivos (desde la televisión hasta publicaciones supuestamente serias) promueven entrevistas a dudosos cantantes e intérpretes cuyo único talento consiste en disfrazarse de mamarrachos… supongo que con la intención de hacernos olvidar su total incapacidad para cantar o componer algo que valga la pena.
Uno podría pensar que el mundo del arte ha perdido todo tipo de valores, que el público sólo quiere escuchar canciones con letras incoherentes y plagadas de groserías, o que los lectores sólo siguen series aburridas y repetitivas de vampiros adolescentes o narraciones de un erotismo gris para amas de casa. Pero al mismo tiempo, de manera inexplicable, no dejo de escuchar comentarios de personas hartas de toda esa parafernalia farandulesca que parece haberse apoderado de los medios. Es como si existiera una corriente underground de gente que anhela y añora la buena literatura, la buena música, el buen arte… aunque, quizás apabulladas por lo que las rodea, parecen casi temerosas de expresar lo que quieren, como si exigir algo diferente fuese un crimen de lesa época.
Vivimos en medio de un caos donde el concepto de arte se confunde con el de farándula, aunque es obvio que existe un público silencioso que se siente minimizado e ignorado por los medios de difusión y de mercadeo: cómplices de una banalidad a la que deberían combatir o, al menos, servir de tamiz crítico.
No sé si todo es parte de una crisis generalizada que algún día terminará. No sé si las aguas volverán a su nivel. Por mi parte, intento subsistir en el vórtice del desbarajuste cultural. Me dedico a bucear, en medio de este océano confuso, para encontrar autores clásicos del pasado y unos pocos contemporáneos que, sin tanta alharaca mediática, continúan creando sin hacer concesiones al mercado. Tal vez muy pocos de ellos salgan a menudo en la prensa, pero sus obras se han convertido para mí en una opción ineludible. Ellos son, hoy por hoy, la diferencia entre mi supervivencia espiritual o morir de asfixia ante la avalancha de mediocridad que amenaza con arrastrarnos a todos.

sábado, 22 de diciembre de 2012

En busca de lo positivo de los tiempos, promoviendo la LECTURA.


Grincheando


Desde la aparición de Mr. Scrooge ningún otro personaje navideño había tenido la capacidad de penetrar en el imaginario colectivo hasta la llegada de El Grinch. Bien conocido ya de todos gracias al filme protagonizado por Jim Carrey, en realidad este extraño personaje es una más de las excéntricas creaciones del Doctor Seuss, pseudónimo de Theodor Seuss Geisel (1904-1991), uno de los grandes maestros de la caricatura y el cuento infantil modernos. 

Seuss es una figura todavía poco conocida en nuestro país, aunque el cine, con las recientes versiones de sus historias de El gato en el sombrero, Horton o el propio Grinch, nos lo esté descubriendo al fin. Tan importante y popular como Baum o incluso Disney, el Doctor Seuss se convirtió en el heredero estadounidense de la tradición del nonsense, ejemplificada por Lewis Carroll o Edward Lear, llegando a crear un auténtico universo de juegos de palabras, términos ficticios, verbos inventados y nombres imposibles, que riman de forma ingeniosa y original. Así está escrito también Cómo El Grinch robó la Navidad, publicado en 1957, cuyo éxito transformaría su personaje central en protagonista de varios filmes de animación y convertiría su nombre, como el de Scrooge, en sinónimo de persona antipática, gruñona y asocial. Pero ¿quién es El Grinch? Aunque la edulcorada versión de Hollywood le dé un pasado y motivos para ser como es, lo cierto es que es básicamente un duende antipático y gruñón, con un aspecto más parecido al del yeti o el bigfoot que al de un elfo. Su odio a la alegría navideña y los regalos le llevará, anticipándose al personaje de Tim Burton (MÁS ALLÁ, 205), a planear cómo “robar” la Navidad, disfrazándose de Santa Claus y despojando a sus vecinos –los whos, fantásticos seres bondadosos– de sus preciosos presentes y manjares navideños... solo para descubrir que, al fin y al cabo, la Navidad no es cosa de bienes materiales, sino un espíritu y un sentimiento puros, que acabarán conquistándole. El Doctor Seuss, cuyo uso de la rima, la repetición y las palabras inventadas ha sido asociado frecuentemente a la hipnosis –tema recurrente en Seuss, que aparece también en la genial película Los 5.000 dedos del Dr. T (1953), inspirada en su obra– y hasta con interpretaciones cabalísticas y esotéricas, quiso y consiguió con su cuento denunciar el materialismo y el comercialismo que habían invadido el espíritu navideño. Lo que Dickens reinstaurara felizmente ha llegado a ser, como bien sabemos todos, un exceso mercantilista y consumista en el que cualquier genuino sentimiento navideño se pierde por completo. Precisamente para poner en evidencia esta situación, Seuss, ecologista e individualista acérrimo que odiaba el mundo moderno y su materialismo tecnológico, utiliza el personaje aparentemente malvado de El Grinch. Sin él, sin su cinismo gruñón, su mezquino humor y su maligno ingenio, la Navidad no podría resurgir, rescatada de sí misma. Está claro que para Seuss y sus millones de fans, El Grinch es un personaje irremediablemente simpático y fascinante que comparte con Mr. Scrooge su odio a la Navidad pero, a diferencia de este, no posee connotaciones de inmoralidad o abuso social.
El Grinch es el opuesto justo y necesario de Santa Claus: usurpando su papel nos redescubre el verdadero sentido navideño. De hecho, tan popular será El Grinch que en sus siguientes aventuras recuperará de inmediato su naturaleza gruñona, que le aproxima más a Halloween que a la Navidad.

Pesadillas navideñas


La mejor y más popular aportación contemporánea a esta tradición de cuentos fantásticos navideños iniciada por Dickens ha sido, sin duda, Pesadilla antes de Navidad, película dirigida por Henry Selick en 1993, pero producida y diseñada porTim Burton según su cuento para niños. La historia de cómo Jack Skellington, el espíritu de Halloween, intenta robar la Navidad sustituyendo a Santa Claus, con la mejor de las intenciones y el más grotesco y divertido resultado, posee un carácter arquetípico comparable al del cuento de Dickens o al del personaje de El Grinch. Naturalmente, el mundo de Burton deriva de sus pasiones cinematográficas y literarias y es, sobre todo, el de la reivindicación del marginado, del raro, del freak.

Pero esta visión positiva de lo oscuro y diferente tiene en este caso una clara lectura luciferina, ya que basta sustituir el país de Halloween por el Infierno y el país de la Navidad por el Cielo para que Jack se convierta en el Ángel Caído de Milton. Como explica Jordi Sánchez Navarro, “revuelta prometeica; y también luciferina. Como Prometeo, Jack Skellington, extraviado en un espejismo, se siente capaz de acometer una empresa propia de dioses, y esa inconsciente soberbia lo convierte en un más que evidente personaje luciferino. Con una salvedad: tanto Lucifer –el arcángel soberbio–como Prometeo son figuras que encarnan la conspiración empecinada –a veces, frente a la injusticia–, mientras que Jack Skellington cae, a las primeras de cambio, en la cuenta de su propio error y lo repara con celeridad. Quizás es mucho pedir a un film auspiciado por Disney que un sublevado sea premiado con el éxito” (Tim Burton. Cuentos en sombras. Glénat, 2000). Pero a pesar del triunfo final del “orden”, Jack Skellington, alter ego quizá de su creador, quien desde dentro del propio Hollywood intenta subvertir una y otra vez sus normas, no se arrepiente de nada y canta a la cadavérica luz de la luna que, si tuviera que volver atrás, repetiría de nuevo su locura. Y ese es, sin duda, el verdadero espíritu navideño, tal y como lo “ocultan” entre líneas los mejores cuentos de Navidad.
Jesús Palacios.

martes, 18 de diciembre de 2012

Las Letras para Hoy. XHCD-FM Zoom95,


Primer participación 11 de Diciembre 2012.

XHCD-FM Zoom95 Radio alternativa e independiente de Hermosillo, Sonora que comparte la verdad y el Rock Alternativo (FM 95.5 del cuadrante)

Como parte de los esfuerzos orientados a difundir la literatura y la lectura en general, esta radio Zoom95,  me invito a participar y aquí estamos para lograr ese objetivo tan importante como  es sembrar la semilla de la necesidad de saber y satisfacerla vía la palabra escrita.

Y como dijo el poeta Estadounidense, James Russell Lowell, de la generación de poetas americanos del siglo 19,

 Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra. 

 Entonces, entonces…. hablemos de libros.

Empecemos con…

ETICA DE URGENCIA
De: FERNANDO SAVATER Año: 2012  No. de páginas: 166 Idioma: ESPAÑOL
La política, el 15-M, las nuevas tecnologías, Internet y las descargas ilegales, los abusos de poder, las contradicciones del capitalismo, la fuerza y la debilidad de la democracia, pero también la belleza, la muerte, la solidaridad.
¿Cómo saber lo que piensan los jóvenes? Preguntándoselo. Una respuesta aparentemente sencilla, que esconde una gran dificultad. Porque hay que saber preguntar, hay que saber ponerse en el lugar de los jóvenes, ganarse su confianza. Escuchar y a la vez aconsejar, opinar, posicionarse. Fernando Savater realizó una serie de encuentros con alumnos jóvenes y respondió a las inquietudes que le planteaban. De ahí, salió este libro, esta ética de urgencia, que nos avisa de las inquietudes de los que gobernarán el mundo del mañana. Una obra que representa el regreso de Fernando Savater al diálogo con los adolescentes sobre las cuestiones morales que más les preocupan; el territorio donde cosechó su mayor éxito editorial: Ética para Amador. Un libro que recupera la confianza en el poder del diálogo para convencer y avanzar. Una travesía que guarda un asombroso parecido con las preocupaciones del resto de ciudadanos, pero expresadas con el entusiasmo, el empuje, la indignación y la urgencia de quienes en breve heredarán las responsabilidades del mundo..

LA EMOCION DE LAS COSAS  De: ANGELES MASTRETTA

Un libro enérgico, sabio y hermoso. Un recorrido apasionante por la historia de los propios padres, los abuelos, la búsqueda de los orígenes mezclados entre Italia y México, la curiosidad por tiempos idos que arrancan con la independencia y pasan por la revolución y la segunda guerra mundial; pero también la entrega tenaz al día a día, la novela personal que nace de las entrañas, esculpida a base de honestidad y algunos temores, llena de tribulaciones y reflexiones sobre una ciudad invivible pero irremplazable, la infancia idílica, el dolor temprano, la audacia juvenil y las decisiones asumidas a despecho de los credos y los miedos generalizados; el pasmo ante la naturaleza y la tecnología por igual, los senderos secretos del afecto y la creación literaria. Un canto de sirena que recupera el gozo casi infantil por escuchar historias, por descubrir otra forma de mirar la realidad, por reconocer aquellos fragmentos vitales acerca de la pasión, del asombro, de la emoción de las cosas."


Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984) 

BIOGRAFIA: (2869) 

Escritor argentino que fue un renovador del género narrativo, especialmente del cuento breve, tanto en la estructura como en el uso del lenguaje. Aunque nació en Bruselas, vivió en París la mayor parte de su vida -ciudad en la que murió- y en 1981 se nacionalizó francés, como protesta ante la toma del poder de las diferentes juntas militares en Argentina, es un autor argentino plenamente integrado en la literatura hispanoamericana. 


Rayuela (1963)

Rayuela (1963) es la gran novela de Julio Cortázar. El libro donde el escritor argentino supo condensar sus propias obsesiones estéticas, literarias y vitales en un mosaico casi inagotable donde toda una época se vio maravillosamente reflejada. 

El amor turbulento de Oliveira y La Maga, los amigos del Club de la Serpiente, las caminatas por París en busca del cielo y el infierno tienen su contra cara en la aventura simétrica de Oliveira, Talita y Traveler en una Buenos Aires teñida por el recuerdo. 

La aparición de Rayuela fue una verdadera revolución dentro de la novelística en lengua española: por primera vez, un escritor llevaba hasta las últimas consecuencias la voluntad de transgredir el orden tradicional de una historia y el lenguaje para contarla. El resultado es este libro único abierto a múltiples lecturas, lleno de humor, de riesgo y de una originalidad sin precedentes. 

lunes, 8 de octubre de 2012


¿Cuántos funerales faltan?

Ciudad de México, México (6-Oct-2012).
La pregunta no es cuántos días le quedan a la administración calderonista, sino cuántos funerales faltan. Con broche de plomo cierra el sexenio.
El autoelogio es el balance de la gestión calderonista, pero la realidad -y la realidad, en estos días, es sinónimo de calamidad- se encarga de poner en su lugar al mandarín y exhibir el desastre que deja por herencia. Muerte sin fin, impunidad inagotable, violencia extrema, ingobernabilidad, secuestro de libertades y derechos y la peor de las certezas: el término de su sexenio no supone el fin de la tragedia.
La caída del telón no podía ser otra. Desde los primeros días, el mandatario renunció a su vocación política para aficionarse por la guerra y, como un aprendiz de brujo, se aventuró en ella creyéndose un gran estratega. No se va un presidente de la República sino un comandante supremo perdido en su laberinto, impedido a declarar: tengo las manos limpias.
En su aturdimiento, construye un memorial sin nombres no para recordar, sino para olvidar lo ocurrido. Afortunadamente su Estela queda como símbolo mayor de su monumental fracaso.
No es para menos, las cosas se hicieron al revés.
El comandante se fue a la guerra sin considerar el estado ni el equipamiento de sus tropas, sin conocer la talla ni el peso del enemigo, sin tener claro el terreno donde libraría sus batallas y olvidándose de convocar a sus aliados para, luego, reclamarles hacer su parte. Se solazó haciendo cualquier cantidad de prisioneros de guerra para, mucho más tarde, darse cuenta de que no tenía dónde ponerlos y carecía del aparato judicial necesario para someterlos al peso de las leyes. Hasta la casaca que un día resolvió vestir le quedó grande.
Una y otra vez desoyó la exigencia de replantear su estrategia porque, por esos días, no faltaron quienes querían ponerle una corona de olivo sobre sus sienes, poniendo en alto su valentía para, mucho después, mirar con asombro la pila de muertos que acumulaba su osadía.
El legado del calderonismo es terrible. El Estado es una quimera en múltiples regiones del país. La democracia lejos de consolidar derechos y libertades fundamentales, los pierde o limita. La inversión requiere considerar los costos extras que la inseguridad provoca o, si se quiere, el impuesto de guerra, el doble tributo establecido por las fuerzas en conflicto. La soberanía se achica frente a acuerdos bilaterales suscritos con Estados Unidos, desconocidos por el Senado de la República, que ni siquiera pregunta a qué agencia pertenecen los oficiales estadounidenses emboscados por la más profesional de nuestras policías.
Lo peor de ese legado es que, en la dinámica del gasto que todo conflicto provoca, se insertó al país en una lógica de guerra, donde de pronto los criminales son el complemento imprescindible de las fuerzas del orden para sostener el ritmo de crecimiento de su presupuesto económico y su peso político. Todo mientras el tráfico de droga se sostiene, el consumo de ellas crece y la actividad criminal se diversifica llevando su negocio al campo de la sociedad. Piso al que no pague el derecho de piso.
Asombra que todavía haya quienes teman una involución política con el regreso del partido tricolor al gobierno, cuando la evidencia es otra: a lo largo de 12 años, el panismo dejó de hacer lo necesario para asegurar la consolidación de la democracia y el fortalecimiento del Estado de derecho y, por acción u omisión, hizo lo necesario para reponer el México bronco que tanto criticaba. Asombra que el comandante no acabe de entender por qué perdió el poder su partido.
Al reclamo de no más sangre, el comandante respondió diciendo no voy a quedarme de brazos cruzados... y, en vez de ocupar a plenitud la residencia de Los Pinos, le tomó gusto al Campo Marte.
Más allá de cuántos funerales faltan para concluir el sexenio, urge saber si el peñismo cuenta con la visión, la estrategia, el equipo y los instrumentos para privilegiar la vida, el derecho, la libertad y el desarrollo por encima de la muerte, la arbitrariedad, el autoritarismo encubierto y el empantanamiento.
Importa porque, aunque ahora, a punto de salir de Los Pinos y del país, el comandante se empeña en diversificar los temas de su agenda para tender un manto sobre el cementerio que lega, el país reclama una visión de Estado para remontar el desastre y la tragedia. Acciones verdaderamente calculadas y estudiadas de corto, mediano y largo plazos para constituir un gobierno de soluciones y salir de la cultura panista de la simple administración de los problemas.
La circunstancia en que Enrique Peña Nieto recibe el país es complicada en extremo. Algunas acciones o iniciativas cosméticas, como las vistas, pueden ser un bálsamo para generar otro ánimo nacional, pero la exigencia es actuar a fondo, rápida y certeramente. A ese complejo desafío se agrega otro: si bien el peñismo hizo suya la elección, nadie salió a celebrar su triunfo. Por el contrario, más han salido a cuestionarlo que a festejarlo. No se ha escuchado el grito de "no nos falles", como se imploró con esperanza pero infructuosamente a Vicente Fox. Es claro, entonces, que el periodo de gracia que se concede a toda nueva gestión es, si existe, mucho más reducido.
El broche con que Felipe Calderón cierra su gestión condena a Peña Nieto a resolver una contradicción: correr con pies de plomo. Pasos firmes y seguros a gran velocidad para gobernar en serio y darle otra perspectiva al país. La operación no es sencilla, sobre todo si, esta vez, no se buscará refugio en los intereses creados sino amparo en la ciudadanía. Enrique Peña tendrá que traicionar a muchas de las fuerzas y los intereses que lo impulsaron si quiere desarmar la estructura de privilegios e impunidades para construir el edificio del derecho, la justicia y el desarrollo.
Insistir en las reformas estructurales en este o aquel otro campo como condición ineludible para actuar, puede no ser la mejor manera de empezar a caminar. Si algo faltó durante los últimos años fue imaginación, osadía y acción política. La ausencia de las reformas estructurales llegó a convertirse en el pretexto para no hacer nada.
Falta tiempo para dar por concluido uno de los más tristes capítulos de la historia reciente del país, pero es menester alentar la idea de realizar la hazaña de recolocar al país sobre los rieles de la concordia para dejar correr el desarrollo político, económico y social, en la vía de la libertad, la justicia y el derecho.

Agencia Reforma  / Por René Delgado / sobreaviso12@gmail.com

miércoles, 20 de junio de 2012

Dario Sztajnszrajber: Vómito de perro (sobre la confesión imposible)

Esta publicación la tome del muro de Maria Cabral en Facebook, fascinante. 
Dicen que la palabra sana, pero a mi las palabras me dan miedo. Dicen que hay que buscar las configuraciones invisibles, pero a mi las construcciones lingüísticas me esclavizan, me someten, me abochornan. Recorrer el habla para poder escuchar no su sentido, sino su sonido. Recorrer el habla no para, o sea recorrerla para nada. ¿Pero por qué la palabra siempre abre nuevas significaciones? ¿Por qué la palabra reproduce más palabras que intentan dar sentido con palabras a lo que se supone que implica otro sentido, otras palabras que no son las que se muestran? Anhelo ese Edén donde las palabras reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas, aunque siempre me quedará el sinsabor de no haber podido clasificar a la palabra como una cosa. La palabra no es una cosa, pero las cosas se nos presentan como palabras. Un mundo siempre asimétrico que nos exige poner orden. ¿Pero no es el orden un castigo? En definitiva, ¿qué es una palabra? Si ya la privamos de todo realismo, ¿no es todo lenguaje en algún sentido una confesión? ¿Y no es toda confesión, en otro sentido, la sustanciación de esta puesta que somos y que pretende incesantemente romper la dicotomía entre lo verdadero y lo falso? Pero hay algo peor (o mejor): ¿no es toda confesión, en última instancia, una manera de pedir perdón? Así la ciencia pide perdón por la manipulación de la naturaleza y así el arte pide perdón por hacernos digeribles los sinsentidos. Así la política pide perdón por ocultar las injusticias originarias y así la religión pide perdón por que no hay perdón. No, no lo hay. Nadie termina nunca de salirse de sí mismo, nadie se expropia. Nadie perdona dice Derridá lo imperdonable y por eso el perdón es imposible. Dar es imposible. Los vínculos son imposibles. Lo único posible es parece terminar siendo esta podredumbre que se interioriza en este olor que algunos llaman el yo. Es que la confesión nunca arranca las entrañas, no es entrañable. Nada es entrañable, sino que lo que duele y lo que goza siempre es del otro. La confesión es para otro. Es siempre esa puesta donde se juega la tensión entre lo que ya no quiero ser y lo que ya se que no voy a querer ser mañana cuando lo sea, y sin embargo lo único que importa es que el otro te crea y esa doble mentira (el otro que te miente para que uno se mienta) te transforme. Te convierta. Toda confesión es una conversión, pero nunca es honesta. La honestidad no existe. Honestos son los perros que te chupan porque quieren comer. Lo humano cuando es perro es honesto, pero cuando es humano se confiesa. Toda la cultura es una confesión: lo humano se pide perdón a si mismo, pero incluso ese pedido es siempre parcial. Todo lo imposible se arrastra sobre las posibilidades de lo posible. Vivimos arrepintiéndonos porque todo siempre pudo ser de otra manera, pero la desidia ontológica puede más y uno no mueve o ni siquiera sabe cómo podría hacer para mover. Quedamos perplejos y en esa hiancia empezamos a llorar. Un llanto escondido es siempre una confesión. Sabemos por qué lloramos, pero no lo sabemos con la mente y entonces suponemos que no lo sabemos cuando en realidad lo sabemos porque el saber se mueve por otros lados. Se mueve por lo imposible. Y son esos lados los que desacomodan toda estantería que se mantiene en pie gracias a esos dos pilares en los que uno tanto cree y que un día o un minuto o un segundo, cuando los fuimos a revisitar, ya no estaban. Confieso que creía, pero no se por qué ya no creo más, o más bien paso a creer en otra cosa, ya que la desvinculación absoluta es también una creencia y si dejo de creer en lo que creo es porque estoy creyendo ya en algo más aunque todavía no sepa en qué. Solo debo abrir la boca y vomitar palabras. Solo debo vomitar. A mi las palabras me dan miedo porque todo me da miedo y porque todo es palabra. A mi el vómito me da miedo porque tengo miedo que un día me salga de adentro todo lo que no tengo y que es lo único que desearía seguir sosteniendo. A mí. Necesito confesarme sin ser yo. Creo que la única confesión posible es aquella donde otros hablan por mí. Desde mí. Solo cuando yo me confieso, no me confieso. El vómito también es de los otros. Llegará el día en que por suerte todo se olvide. Solo el olvido no se confiesa. Sobrevivir es un acto de olvido. Necesito pedir perdón por todo lo que olvido y en especial por este olvido constante con lo que me rodea. No se trata de un olvido amnésico, ya que recuerdo lo que olvido. Se trata otra vez de una ontología. Todo resulta demasiado escabroso como para que, además, debamos hacernos cargo de lo que igual nos excede. El problema no es el mundo sino la falsa responsabilidad que enajenamos de creer que nunca moriremos si nos hacemos cargo de todo. ¿Pero qué es hacerse cargo de todo? ¿No es no hacerse cargo de nada? ¿Quién entrará al cielo al final? ¿Aquel que se la pasa lamentándose o aquel que se la pasa haciendo cosas creyendo que de ese modo está haciendo cosas? ¿Aquel que se vomitó encima o aquel que como en ese poema de Baudelaire, regaló la moneda falsa? Sí, la moneda falsa. Esa que entregamos todo el tiempo a todos en el tiempo. Toda confesión es una moneda falsa. Toda moneda es falsa. Toda confesión es una moneda. Pero todo intercambio nunca es honesto y por eso los perros no utilizan monedas. Los perros no se confiesan. Quiero ser un perro. Soy un perro. Confieso que soy un perro. No soy un perro. Espero que algún día alguien me perdone. Espero que algún día pueda perdonarme. Espero que algún día el perdón pueda perdonarme. Soy casi un perro, creo que lo voy a lograr. La palabra definitivamente no sana, sino enferma. La palabra enferma la palabra. Algún día dejaré de hablar. Algún día todo será vómito…